Del átomo al hombre (II): el límite de la vida
octubre 12, 2010 3 comentarios
En la última entrada nos quedamos hablando de moléculas que, mediante reacciones energéticamente favorables, son capaces de auto-replicarse, sin necesidad de intervención externa. Evidentemente, en el momento en que se den las condiciones necesarias para ello, estas moléculas se harán más y más numerosas, y competirán entre sí por sus “recursos” (los componentes químicos que necesitan para sus reacciones de replicación).
Podemos decir que en la estructura química de estas moléculas se encuentra la “información” de cómo replicarse. En realidad no son una serie de instrucciones que las moléculas “lean” e “interpeten”; las moléculas son entes sin voluntad propia, se rigen por unas leyes de la física concretas y, como ya dije en la entrada anterior, perfectamente conocidas.
Las moléculas de las que estamos hablando son los ácidos nucleicos, RNA y DNA, y son la base de la vida. Estas moléculas son muy grandes, tienen una gran cantidad de átomos, y la mayor parte de éstos no interviene en la función replicadora de la molécula. Es por esto que pueden ser sustituidos por otros sin que la molécula pierda su capacidad característica. Esto da lugar a lo que conocemos como mutaciones. Pero no nos adelantemos demasiado.
Estábamos en nuestra sopa química, en la juventud de la Tierra, en la que se encuentran nadando nuestras moléculas replicadoras. Éstas se encuentran indefensas ante el ataque de cualquier compuesto químico que pueda reaccionar con ellas. Entiéndaseme, no me refiero a que hubiese un compuesto que, por voluntad propia, decidiera dirigirse hacia la molécula replicadora y reaccionar con ella; estoy hablando de cualquier compuesto que se encuentre en el caldo primigenio y que, de forma azarosa, se acercara lo suficiente como para reaccionar con ella y romperla.
De alguna manera (en cuyos detalles no quiero entrar, primero, porque no los conozco, y segundo, porque no son necesarios para la exposición) algunas moléculas replicadoras pudieron rodearse de una membrana grasienta (o más técnicamente, lipídica) que las mantuviera aisladas del resto del medio. Evidentemente esto sólo puede darse si tales moléculas tenían en su estructura química la información para conseguir esa membrana; información química que obtuvieron de forma puramente azarosa, debida a los “errores” de replicación.
Incorporando ciertos mecanismos filtradores a esta membrana, las moléculas replicadoras podían acceder a los compuestos químicos que necesitaran del exterior, manteniéndose a salvo de los compuestos agresivos. Éste es el primer prototipo de célula. Podemos decir que la célula está considerada la unidad mínima de vida, si nos olvidamos de ciertos debates.
Está claro que la célula representa una ventaja evolutiva respecto a las moléculas sueltas, y es por esto que prosperó (de nuevo, teoría de la evolución). Añadiendo más información química a las moléculas replicadoras, los organismos celulares se fueron haciendo más complejos, siempre siguiendo el mismo procedimiento:
- Cambio azaroso.
- Ensayo en el medio.
- ¿Funciona? -Sí: prospera. No: no prospera.
Notar que si el cambio funciona, entonces la información se añade a las siguientes generaciones de moléculas replicantes, mientras que si no funciona, el cambio se extingue a las pocas generaciones.
A partir de aquí la historia es fácil. Las células se agrupan, se organizan, formando organismos pluricelulares; en primer lugar, organismos muy “primitivos”, más tarde, organismos complejos, como las plantas. Elevando el nivel de complejidad están los animales y, en última instancia, nosotros. Pero todo este proceso ha sido fruto de la interacción electromagnética entre los componentes de la materia y las “leyes” de la evolución (la selección natural) cribando los distintos cambios que se producían en las moléculas replicantes, en nuestro caso el DNA.
Fijémonos que siguiendo este proceso desde el principio, llegamos a la conclusión que nuestro DNA tiene toda la información química sobre nosotros (sobre cada uno). Esta información es la que dice cómo va a crecer nuestro cuerpo, en particular, cómo va a crecer nuestro cerebro, y cómo va a actuar nuestro organismo en función de los estímulos externos. En definitiva nuestro comportamiento, nuestra manera de pensar, nuestra reacción ante el mundo que nos rodea viene determinada de manera unívoca en el momento en el que nuestro DNA queda definido.
Y con esta importante conclusión pongo fin a esta (mini) serie de (dos) entradas, agotadora pero reveladora. Para cerrar, simplemente recuerdo que mi campo no es la biología y que puede haber grandes meteduras de pata; si alguien las encuentra que me las diga e intento arreglarlo.